lunes, 24 de febrero de 2020

La revolución industrial


Hasta mediados del siglo XVIII, la economía del mundo occidental estaba basada de forma casi exclusiva en la agricultura y el autoconsumo, no existía una organización industrial tal como hoy la conocemos y los productos comercializables se fabricaban en talleres artesanales de mayor o menor tamaño. Esta forma de elaboración va a cambiar. La transformación, iniciada en Gran Bretaña, se basó en una serie de innovaciones tecnológicas que, junto con la utilización de nuevas fuentes de energía, sustituyeron la mano de obra por las máquinas y dieron paso a nuevos métodos de organización fabril de producción en masa, a un aumento sin precedentes del consumo, del comercio y del bienestar de la sociedad.
Una característica distintiva de esta revolución fue la aplicación sistemática de los nuevos conocimientos a la producción, de forma que la ciencia precedió a la práctica y los inventores transformaron los conocimientos teóricos en procedimientos útiles. A todo este proceso de desarrollo tecnológico y a sus consecuencias económicas se le ha denominado revolución industrial.
La industrialización no se extendió simultáneamente ni de forma homogénea por todo el mundo occidental. En la primera mitad del siglo XIX alcanzó a Estados Unidos y gran parte de la Europa Occidental, especialmente a Bélgica, Holanda y Francia, llegando después de 1871 a Alemania. A partir de mediados del siglo XIX, se inició una nueva fase denominada por los historiadores segunda revolución industrial, con la utilización de nuevas formas de energía como la electricidad y el petróleo.
La revolución industrial impulsó la revolución política que terminó con el absolutismo monárquico y dio paso al liberalismo, basado en el respeto de la iniciativa individual, la existencia de una constitución donde se contemplan los derechos de los ciudadanos, el derecho al voto y la separación de poderes para evitar la tiranía. El liberalismo reguló el nuevo sistema económico, el capitalismo, para responder a las necesidades planteadas en esos momentos. No parece casual que la revolución industrial tuviera su origen en la Gran Bretaña liberal, y se extendiera pronto a otro país anglosajón, Estados Unidos, regido por una constitución liberal. Sin duda las ideas políticas de estas dos grandes potencias, plasmadas de forma práctica en sus respectivas constituciones, proporcionaron un sustento legal para adoptar sin cortapisas un conjunto de innovaciones que cambiaron definitivamente la vida de los hombres.
Ligadas directamente con la revolución industrial y con la revolución política, se pusieron en práctica un conjunto de medidas denominadas liberalismo económico, enunciadas por el economista Smith en su obra La riqueza de las naciones. En esta obra se exponía la teoría de que el estado debe dejar en libertad al hombre que trata de satisfacer sus deseos de riqueza, en la creencia de que esta libertad contribuiría sin duda al provecho de toda la sociedad. En la práctica el liberalismo económico se basaba en la no intervención del estado en cuestiones financieras, empresariales o sociales y favorecía los intereses de la burguesía, que hasta entonces había visto coartadas sus iniciativas por la rígida legislación del Antiguo Régimen.
Durante el siglo XIX algunos autores franceses empezaron a denominar revolución industrial al proceso de cambio iniciado en Gran Bretaña a mediados del siglo anterior, tal vez como semejanza en el terreno económico a lo que en el aspecto político había significado en Francia la revolución de 1789. Fue el historiador de economía británico Toynbee quien popularizó el término en sus conferencias sobre la revolución industrial en Inglaterra, en las que analizaba su desarrollo económico entre 1760 y 1840.
Para muchos historiadores, la edad contemporánea se inició a finales del siglo XVIII con las "tres revoluciones", la independencia norteamericana, la revolución francesa y la revolución industrial, como si la revolución política y el cambio producido por la adopción de distintos métodos de producción y sus consecuencias no fueran más que distintos aspectos de un mismo proceso; esta afirmación puede ser discutible si tenemos en cuenta que en Francia la industrialización se retrasó como consecuencia de los propios hechos revolucionarios.
La primera revolución industrial fue un proceso lento, en Gran Bretaña tardaría más de un siglo en completarse, no llegaría a algunos países europeos hasta finales del siglo XIX y sus consecuencias provocaron un cambio profundo en la economía, la política y la sociedad. Los avances técnicos, la expansión de la demanda de una población en crecimiento, la revolución liberal y la acción de hombres emprendedores capaces de aceptar los retos que las nuevas máquinas les proporcionaban hicieron triunfar esta revolución que transformaría la vida del hombre occidental y la naturaleza de la sociedad.
A partir del siglo XVIII la población europea empezó a crecer a un ritmo muy rápido. La presión demográfica dio lugar a la demanda de multitud de productos, impulsando la revolución industrial y un conjunto de avances en la agricultura para poder generar la cantidad y calidad de los alimentos necesarios para la sociedad. La creación de fábricas, con necesidad de personal, fue cubierta, en parte, por los obreros del campo que emigraron a las ciudades en busca de empleo. Todo parece indicar que hubo una interacción entre estos tres procesos, aumento demográfico, revolución industrial y avances en la agricultura.
Las tesis clásicas señalaban como base del despegue industrial la revolución de la tecnología, pero otras interpretaciones más novedosas han insistido en señalar otros factores tales como la acumulación de capitales para las inversiones en la industria textil, el desarrollo de las manufacturas o una revolución agrícola previa a la revolución industrial; en un estudio sobre Flandes en el siglo XVIII, Mendel introduce el concepto de protoindustrialización para definir los procesos de creación de áreas industriales caracterizadas por la existencia de manufacturas destinadas al mercado extrarregional en los núcleos rurales y su desarrollo regional en una agricultura comercializada, antes de la revolución industrial; Crouzet, por su parte, señala las diferencias entre el caso de Inglaterra y el resto de Europa, y afirma que la revolución agraria no fue indispensable, ya que la revolución industrial se llevó a cabo sin que se diera una transferencia importante de recursos, capital y mano de obra del sector agrícola, pero sí considera de gran importancia la revolución demográfica; el historiador francés Rioux, al investigar las diferencias entre el crecimiento económico en Inglaterra y Francia, señala la ausencia de una revolución agraria en este último país como causa del retraso de su industrialización; algunos historiadores como Dean y Mitchell, en Gran Bretaña, han examinado con preferencia los datos cuantitativos de comercio, población, producción, etcétera.

1. El papel de Gran Bretaña en la revolución industrial
Gran Bretaña contaba en el siglo XVIII con las condiciones necesarias para iniciar la industrialización. Poseía un riquísimo imperio colonial que se extendía por Asia, América y África; la población de las islas y la de las colonias estaba en expansión, tenía un alto nivel de vida y demandaba una gran cantidad de artículos de uso común y también de lujo; su situación oceánica le facilitaba el acceso a mercados ultramarinos y permitía el transporte de mercancías por barco; poseía una gran cantidad de materias primas adecuadas para utilizarlas en la industria como carbón, hierro y agua y la carencia de madera, que en principio podía haber supuesto una desventaja, propició la pronta utilización de combustibles fósiles. También contaba con facilidades para el transporte fluvial. Gracias al comercio, en Gran Bretaña había una gran acumulación de capitales dispuesta a ser utilizada en nuevas inversiones. Además, las medidas librecambistas adoptadas por el gobierno favorecían las transacciones comerciales competitivas sin fronteras económicas interiores.
El aumento de población europea a quien iba destinada la mayor parte de las manufacturas supuso un estímulo para la fabricación de mercancías de uso común. Los avances tecnológicos, que no habían dejado de producirse desde la Edad Media, sufrieron una aceleración en aquellos sectores que tenían que responder a la demanda. El sector productivo en el que la adopción de los nuevos avances tecnológicos tuvo un mayor impacto fue el textil. Hasta esos momentos, los tejidos que se fabricaban en Europa eran seda para ropas de lujo, lana y lino, pero era preciso importar de la India las muselinas o indianas, tejidos fuertes realizados con hilo de algodón muy fino, que los ingleses no podían hacer en sus telares.
Los británicos crearon una serie de máquinas mecánicas para mejorar la elaboración de textiles. En 1733, Kay inventó la lanzadera volante, logrando reducir notablemente el tiempo para fabricar una pieza de tela. La mayor velocidad de producción de tejido disparó la demanda de hilo. La industria de hilaturas experimentó un notable avance en 1763, cuando Hargreaves construyó la Spinning Jenny, un instrumento mecánico capaz de reproducir el trabajo de un hilador con la rueca y mover varios husos a la vez, abaratando el proceso.
La primera máquina movida con la energía hidráulica aplicada a la industria textil fue la water frame, inventada por Arkwright, que aumentó la producción de hilo utilizando algodón. En 1779, Crompton perfeccionó esta técnica construyendo otra máquina con la que se podía conseguir hilo más fino y resistente.
A partir de estos momentos, todas las fases de la producción de tejidos se mecanizaron y perfeccionaron; se inventaron máquinas para el tratamiento de la materia prima, como la desmotadora de algodón patentada por el americano Whitney en 1794 o las creadas en Inglaterra para el cardado de algodón, lana y limpieza del algodón en rama. También se inventó una forma de estampar por medio de un rodillo que sustituyó a la aplicada manualmente con tacos de madera; a finales del siglo XVIII se descubrió un método químico basado en la clorina para blanquear las telas rápidamente (esta operación hasta entonces era muy lenta) y los telares mecánicos sustituyeron a los manuales produciendo con más calidad y con mayor rapidez.
"Dos son los motivos que me han impulsado a ofreceros mi apoyo: mi afecto hacia usted y el que tengo hacia un proyecto tan rentable y genial. He pensado que vuestra máquina, para producir del modo más ventajoso posible, requeriría dinero, una adecuada realización y una amplia publicidad, y que el mejor modo de que vuestro invento sea tenido en la debida consideración y para que se haga justicia, sería el de sustraer la parte ejecutiva del proyecto de las manos de esta multitud de ingenieros empíricos que, por ignorancia, falta de experiencia y de los necesarios incentivos, serían responsables de un trabajo malo y descuidado: y todos ellos son fallos que afectarían a la reputación del invento. Para obviarlo y obtener el máximo beneficio, mi idea es la de instalar una manufactura cerca de la mía, a orillas de nuestro canal, en donde podría poner todo lo necesario para la realización de las máquinas… Con estos medios y con vuestra asistencia podremos contratar y enseñar a algún buen obrero… y podremos poner a punto vuestro invento con un coste inferior en un veinte por ciento al de cualquier otro sistema y con una diferencia en cuanto a la precisión similar a la que existe entre el producto de un herrero y el de un constructor de instrumentos matemáticos…" (carta de Boulton a Watt, 7 de febrero de 1769).
Como el algodón era importado de la India, América y África (Egipto), las industrias textiles se concentraron en Lancashire y la Baja Escocia para abaratar el transporte, convirtiéndose Manchester en la capital de esta industria. El crecimiento del sector fue continuo; a principios del siglo XIX trabajaban en las fábricas de algodón unas 350.000 personas, alcanzando este producto el 40 por ciento del total de las exportaciones inglesas.
En 1705 Newcomen patentó un modelo de máquina de vapor para bombear el agua de las minas; Watt perfeccionó este descubrimiento inventando un método para independizar la vaporización y la condensación de los cilindros del condensador con el fin de consumir menos energía, y la fue perfeccionando a lo largo de los años. En 1766 consiguió su propósito y este acontecimiento cambió radicalmente la producción. Las máquinas movidas por vapor se aplicaron para la fabricación de algodón a partir de 1780. La máquina de vapor supuso el mayor avance tecnológico del siglo XVIII.
En cuanto al hierro, la mayor dificultad que presentaba era la transformación del mineral, proceso de combustión muy lento en altos hornos para eliminar el oxígeno. La sustitución del carbón por el coque, obtenido de la combustión incompleta del carbón, para separar el sulfuro y el alquitrán en la fundición del hierro a altas temperaturas, se inició desde comienzos del siglo XVIII, y permitió la producción masiva de acero. Las empresas metalúrgicas se concentraron cerca de las minas de carbón permitiendo que se aumentara la producción y se abaratara el producto.
La industria textil y la siderúrgica fueron los sectores productivos más importantes en la industrialización de Gran Bretaña.
Gran Bretaña contaba en 1850 con la red más densa de ferrocarriles, las técnicas más avanzadas en todos los sectores y la marina más importante del mundo; desde 1800 a 1850 la renta per cápita creció en un 20 por ciento; la población se duplicó y la participación de los sectores de fabricación, minería y construcción pasó de ser una cuarta a una tercera parte en el PBI.

2. La revolución industrial en los distintos países
Durante muchos años, prácticamente hasta el primer tercio del siglo XIX, la revolución industrial no se extendió fuera de Gran Bretaña. Los británicos intentaron conservar el monopolio de sus inventos y comercializaron solamente su producción en el extranjero, pero esta postura dio lugar a polémicas entre los que se negaban a exportar sus máquinas y los que pretendían aprovechar las oportunidades de hacer grandes negocios vendiendo su tecnología a los empresarios de otros países. Los fabricantes continentales, en principio, imitaron la maquinaria inglesa y trataron de importar trabajadores especializados. Bélgica, que contaba con materias primas como hierro y carbón, fue uno de los primeros países del continente que se industrializó gracias a dos hermanos británicos, John y William Cockerill, que instalaron en 1801 talleres en Lieja para construir maquinaria.
La revolución francesa y sus consecuencias desanimaron a los inversores y retrasaron la industrialización en Francia, donde además existían otros motivos para su retraso. La propiedad de grandes latifundios en manos de nobles, poco partidarios de la inversión en reformas tecnológicas; la debilidad demográfica, con una tasa de natalidad en descenso y un crecimiento muy pequeño frente al resto de los países europeos y la escasez de recursos naturales han sido señalados por algunos autores como inconvenientes para una industrialización temprana. Durante el segundo imperio, Napoleón III apoyó el librecambismo y desarrolló una nueva política económica con gran éxito, creando numerosas líneas de ferrocarril, canales fluviales, grandes compañías de navegación y fastuosas obras públicas; la industria, el comercio y la agricultura prosperaron de forma significativa. Desde mediados del siglo XIX, Francia fue una importante potencia industrial que en parte debió su despegue al sector siderúrgico, desarrollado gracias a la expansión del ferrocarril.
Alemania contaba a principios del siglo XIX con grandes recursos naturales como los yacimientos de carbón del Ruhr, una población en ascenso que pasó de aproximadamente veinte millones de habitantes a principio del XIX a más de cincuenta a finales del siglo y unos recursos agrícolas muy importantes. La unión aduanera, el Zollverein, creada en 1834, a la que se fueron uniendo la mayor parte de los estados, facilitó la formación de un amplio mercado común. La gran extensión de líneas férreas construidas a mediados del XIX era más del doble que la creada en Francia y contribuyó a la expansión del sector del hierro, el acero y el carbón. Sin embargo, su fragmentación política impedía que se emprendieran proyectos unitarios y hasta después de la unificación en 1870 no se inició el desarrollo industrial que a partir de esos momentos fue muy rápido, sobrepasando a finales del siglo XIX a Gran Bretaña en la producción de acero; Alemania se convirtió en líder mundial en industria química, en la que consiguió grandes resultados en la fabricación de abonos y los primeros productos de síntesis, como los tintes artificiales.
España tardó más que los países de su entorno en incorporarse a la primera revolución industrial por una serie de problemas: la guerra de la independencia a comienzos del siglo XIX, la pérdida de las colonias americanas, la vuelta al absolutismo durante el reinado de Fernando VII y las guerras carlistas crearon un clima de inestabilidad política nada favorable para el desarrollo de una industria nacional. Al final del reinado de Fernando VII se iniciaron los primeros intentos de industrialización con la creación de una factoría textil levantada por Bonaplata cerca de Barcelona y de los altos hornos en Marbella fundados por de Heredia en 1832; años más tarde se crearon otros en Sevilla y Huelva que fracasaron por la falta de combustible en lugares cercanos. La industria textil empezó a utilizar la máquina de vapor en 1844, ya durante el reinado de Isabel II, gracias al régimen político liberal constitucional; en 1856 había 45 fábricas de algodón en Barcelona, todas ellas mecanizadas, en las que se habían invertido 500 millones de reales. En 1848 se inauguró la primera línea de ferrocarril entre Barcelona y Mataró, seguida en 1855 de la de Madrid a Aranjuez, pero la expansión de este medio de transporte de mercancías y personas no llegaría hasta años más tarde. La minería y el ferrocarril fueron los dos sectores en los que se invirtieron cuantiosas fortunas, atrayendo capitales nacionales y extranjeros. A partir de 1854, con los progresistas en el poder, se llevó a cabo una política de liberalismo económico que favoreció la entrada de capitales extranjeros. Las circunstancias políticas en España, con la revolución de 1868 y la posterior instauración de la primera república, no permitieron al país llegar a ser una potencia industrializada hasta el siglo XX. Por diversas circunstancias, sucedió lo mismo en otros países como Rusia, Italia, Dinamarca y los situados en el este de Europa.
Estados Unidos contaba ya a principios del siglo XIX con unos recursos naturales extraordinarios y una mano de obra especializada formada por técnicos, en principio venidos de Europa, que le permitieron una rápida industrialización. A pesar de la distancia con Gran Bretaña, sus relaciones comerciales continuaban siendo fluidas, había un intenso tráfico marítimo y una inmigración incesante que favorecía la difusión de las nuevas técnicas. La guerra con Inglaterra entre 1812 y 1815 impidió el abastecimiento de productos manufacturados importados desde esa antigua metrópoli, propiciando la creación de gran cantidad de industrias locales; además, el estado promocionó la invención y la adaptación de maquinaria para ahorrar trabajo. Los principales sectores económicos se establecieron en tres regiones: el oeste se especializó en producción agrícola y ganadera; el este en industria y el sur en el cultivo del algodón. La red fluvial favoreció el intercambio de productos incluso antes de que se desarrollaran las vías férreas.
La mejora de las comunicaciones permitió que el país avanzara de forma más rápida y la instalación de fábricas en puntos alejados de los lugares de producción de la materia prima, por ejemplo, el desarrollo de una industria algodonera en Nueva Inglaterra con unos 130.000 obreros a partir de mediados del siglo XIX. La creación de líneas de ferrocarril fue fundamental para la colonización del oeste, que lo convirtieron en la región ganadera y agrícola por excelencia así como en mercado para los productos industriales fabricados en el este. En 1840 había en Estados Unidos alrededor de 4.500 kilómetros de líneas férreas y veinte años después, en vísperas de la guerra de secesión, eran ya 50.000 kilómetros. La construcción de dichas líneas estuvo a cargo de empresas privadas a las que el estado hacía concesiones y proporcionaba terrenos para la construcción (70 kilómetros a ambos lados de las vías); el ferrocarril empleó a muchísimos inmigrantes, sobre todo chinos y filipinos; se extendió muy rápidamente por todo el país a pesar de las muchas dificultades suscitadas incluso por la expropiación de terrenos. En 1869 se estableció ya la comunicación de la costa del Atlántico a la del Pacífico por las compañías privadas Central Pacific y Union Pacific.
La densidad de población en Estados Unidos a principios del siglo XIX era cinco veces menor que la de Europa y provocaba una gran escasez de mano de obra a pesar de la inmigración; entre 1830 y 1860 casi cuatro millones y medio de personas, contando solamente a los inmigrantes europeos, se instalaron en la zona nordeste y en los Grandes Lagos; por otra parte, para trabajar las fincas algodoneras del sur se importó gran número de esclavos africanos. A finales del siglo XIX, Estados Unidos era ya la mayor potencia industrial del mundo.
La competencia por parte de los distintos países en cuanto a sus adelantos industriales y el afán por darlos a conocer y reivindicarlos dio lugar a la celebración de exposiciones internacionales. La primera se celebró en Londres, en 1851 y la siguieron las de París en 1855, Filadelfia en 1876, Chicago en 1893, etcétera.

3. La agricultura
La mayor parte de los autores afirman que la agricultura tuvo un papel fundamental en la revolución industrial. Incluso para algunos la revolución agrícola fue un paso previo, sin el cual no se habría podido conseguir la primera; es cierto que países como Rusia, Italia o España, en los que las estructuras agrícolas aún no habían evolucionado en el siglo XIX, tardaron más tiempo en llegar a la industrialización.
En Gran Bretaña o los Países Bajos ya se habían producido una serie de innovaciones en este sector en épocas anteriores; ante la demanda de alimentos por la presión demográfica que tuvo lugar en el siglo XVIII se introdujeron nuevas técnicas agrícolas, otros cultivos y más tarde el empleo de máquinas para mejorar el rendimiento del campo; al mismo tiempo, aumentó el número de campos cercados y disminuyeron los bienes comunales.
En muchos países se crearon las primeras escuelas de agricultura, sociedades de agricultores, se difundieron las nuevas técnicas y los gobiernos apoyaron las ideas fisiocráticas que consideraban el campo como única fuente de riqueza. El cambio de mentalidad dio lugar a que nobles poseedores de grandes territorios y hombres de negocios consideraran el campo como una buena inversión y emplearan sus capitales en modernizar la agricultura. Las innovaciones y la inversión de capitales en maquinaria agrícola trajeron consigo un incremento muy importante en la productividad y una gran mejora en los cultivos y en la calidad de los alimentos.
La revolución industrial aportó nuevos útiles, maquinaria y hábitos que cambiarían los sistemas de producción de las tradicionales labores del campo. Los trabajos agrícolas se facilitaron con la invención de un nuevo utillaje (como los arados triangulares) para remover la tierra con gran rapidez y la utilización de máquinas (como las aventadoras, bateadoras, sembradoras y trilladoras) que desplazaron la tracción animal haciendo más sencilla la labor del hombre. Se introdujeron cultivos como el trébol, las plantas forrajeras, el maíz y sobre todo la patata, que proporcionó un alimento básico para las dietas de los más humildes y un mayor rendimiento a la tierra. La sustitución del barbecho por sistemas de rotación permitió el aumento de las cosechas; el cultivo de los forrajes, que dejados secar se utilizaron para pastos de invierno, permitieron el fomento y la cría selectiva de ganado y la producción masiva de carne, lana y piel.
La publicación y difusión de la obra La química orgánica y sus aplicaciones al desarrollo de la agricultura y la fisiología (1840), escrita por el alemán von Liebig, fue de gran importancia para el conocimiento de la química del suelo; Liebig defendió la utilización de abonos minerales para suplir elementos químicos en terrenos en los que éstos eran escasos o se habían agotado.
La población del campo disminuyó a causa de la mecanización; ya no eran necesarios tantos agricultores e incluso con menos trabajadores aumentaba el volumen de producción. Muchas de estas personas se instalaron en las ciudades para trabajar en las fábricas o emigraron a otros países donde existían posibilidades de prosperar; los británicos emigraron preferentemente a Estados Unidos, Nueva Zelanda, Australia o Argentina.

4. El papel de los cercamientos en la revolución agrícola
En Gran Bretaña, como en el resto de los países occidentales, existían en el campo extensiones muy grandes de tierras comunales sin explotar. A principios del siglo XVIII, algunos terratenientes decidieron obtener el máximo rendimiento de sus tierras; el aumento de población y de riqueza demandaba una mayor producción de alimentos y esa circunstancia fue aprovechada por los propietarios de grandes extensiones de terrenos de labor para cercar sus propiedades, incluyendo las tierras comunales. Lo que en principio parecía un abuso se convirtió en un procedimiento legal cuando los terratenientes presentaron demandas por esas tierras al Parlamento y se les concedió la propiedad si eran apoyados por las tres cuartas partes de los otros propietarios de una parroquia.
En esta batalla perdieron su acceso a los terrenos las gentes sin recursos que aprovechaban los comunales para utilizar la madera, criar algún animal que les servía de sustento o plantar un pequeño huerto; también fueron perjudicados los agricultores con pequeñas propiedades, sin recursos para invertir en abonos, en los nuevos útiles o en maquinaria. A estos últimos, la competencia de los grandes les hizo vender y abandonar sus pequeños campos, que pasaron a incrementar las grandes extensiones agrícolas cultivadas con criterios científicos y bien explotadas; a partir de estas reformas Gran Bretaña se convirtió en uno de los mayores productores agrícolas de Europa.
España, a la llegada del liberalismo, tenía enormes extensiones de tierras de labor en manos de la Iglesia o vinculadas a mayorazgos, que no podían ser vendidas ni enajenadas y de las que no se obtenía el rendimiento adecuado. En 1836 se desamortizaron estas tierras, en su mayor parte fueron vendidas en pública subasta y adquiridas por capitalistas; los nuevos propietarios, durante muchos años, no invirtieron para mejorar los cultivos, y estos terrenos quedaron en una situación aún peor que cuando estaban vinculados.
En Italia había grandes territorios agrícolas propiedad de la aristocracia urbana; en general eran terrenos poco fértiles que apenas servían para alimentar al ganado. Sus dueños no se preocuparon de introducir reformas durante mucho tiempo; para su explotación cedían las fincas a campesinos que sacaban de ellas escasos rendimientos. Esta situación perduró durante muchos años.
En Rusia las técnicas agrícolas siguieron siendo similares a las empleadas en la Edad Media y la servidumbre continuó vigente. El zar Nicolás I reconocía que era preciso llevar a cabo una reforma, pero no llegó a ponerla en práctica y los siervos que trabajaban la tierra se levantaron en muchas ocasiones, llegando a situaciones extremas.
En Francia, al contrario de lo que sucedió en Inglaterra, la mayor parte de los pequeños o medianos agricultores vieron acrecentadas sus propiedades después de la revolución francesa por la abolición de derechos feudales, el reparto de fincas de los emigrados y de la Iglesia y el cambio del régimen jurídico de los campesinos. Pese a no existir grandes capitales invertidos, poco a poco las nuevas técnicas agrícolas se pusieron en práctica permitiendo el abastecimiento del mercado interior, pero no puede afirmarse que la agricultura contribuyera de forma importante al despegue industrial.

5. La revolución demográfica
Después de miles de años de un crecimiento muy lento, sometido a retrocesos por las catástrofes naturales, guerras, epidemias o crisis de subsistencias, a partir del siglo XVIII la población europea empezó a crecer de forma sostenida y a un ritmo muy rápido. El número de habitantes pasó de los 110 millones en 1700 a 187 millones hacia 1800 y a más de 400 millones a comienzos del siglo XX, todo ello a pesar del fuerte flujo migratorio hacia ultramar.
La población humana empezó a aumentar a ritmos hasta veinte veces más rápidos de lo que había hecho hasta entonces y de forma sostenida. En Gran Bretaña, en 1700, el número de habitantes era de unos cinco millones y medio y en poco más de un siglo, en 1821, se alcanzaron los 16 millones. Entre 1800 y 1900 cuatro naciones crecieron de una forma extraordinaria: Gran Bretaña que pasó de 10 millones a 41 millones; Alemania, de 23 millones a 56 millones, Italia de 18 millones a 32 millones y Rusia de 40 a 100 millones.
Las causas de este desarrollo parecen ser varias. Se dio un descenso importante de la mortalidad, especialmente de la mortalidad infantil, atribuido por muchos autores a las mejoras en la alimentación gracias a los avances de la agricultura, a la construcción de redes de alcantarillado y la limpieza de las calles, al abastecimiento de agua potable en las ciudades y a la generalización de la higiene personal.
Sin duda tuvieron una gran importancia los progresos de la medicina y de la cirugía: Jenner descubrió la vacuna de la viruela en 1796, probada por primera vez en 1803, y se conoció la acción de las bacterias en las enfermedades infecciosas. Se inició la utilización de anestesia, y por otra parte, desde 1865, Lister introdujo el uso de antisépticos en cirugía y la generalización de las medidas higiénicas evitó muertes y contagios innecesarios, pasando los hospitales de ser lugares donde los enfermos iban a morir a centros de curación. El aumento de población dio lugar a su rejuvenecimiento y, en consecuencia, se amplió la población activa. Se produjo un espectacular incremento de la demanda de bienes de consumo, una importante reserva de mano de obra barata y la urbanización y colonización de nuevas tierras.
El crecimiento de las ciudades desde principios del siglo XVIII a mediados del siglo XIX fue otro fenómeno ligado al aumento de población. En 1800 pocas ciudades europeas sobrepasaban los 100.000 habitantes; en 1900 había ya nueve con más de 500.000. La explicación a este crecimiento urbano se encuentra en la emigración de los obreros agrícolas por los cambios tecnológicos, la nueva orientación de los empresarios agrícolas y la oferta de trabajo en las fábricas.
Otra consecuencia del crecimiento demográfico fue la emigración de aquellos que buscaban oportunidades en otros países. En poco más de un siglo, de 1800 a 1930, abandonaron el viejo continente unos 40 millones de europeos. El aumento de población y la sustitución de la mano de obra por máquinas en el campo, explica, en parte, la búsqueda de tierras en otros continentes. Además, la revolución en los transportes facilitó los viajes tanto por tierra como por mar. Los principales países receptores de emigrantes fueron Estados Unidos y Canadá en América del Norte y Argentina y Brasil en América del Sur; las crisis económicas, especialmente la crisis agraria de 1847, el descubrimiento del oro en California, la crisis económica de 1870, fueron momentos destacados para la salida de las grandes oleadas de emigración. Asimismo influyó la actitud de algunos de los países: un ejemplo de esta última fueron las posibilidades de empleo bien remunerado respaldadas por la legislación, ofrecidas por Estados Unidos a los extranjeros a partir de 1850.

6. El trabajo en las fábricas
Antes de la revolución industrial, las energías aplicadas al trabajo habían sido la humana y la animal, pero con la utilización de la energía liberada por la combustión de carbón y las nuevas aplicaciones del hierro aumentaron enormemente la capacidad de obtención y transformación de materias primas y se inició un nuevo sistema de producción, en el que la fábrica sustituía a los antiguos talleres artesanales.
Arkwright, inventor de la water frame, fundó en 1771 la primera fábrica en Inglaterra, la Cromford Mill, y la situó a orillas del río Denvert para utilizar la energía hidráulica. Esta primera industria reunía los trabajadores, la fuente de energía y las máquinas en un solo lugar y llegó a tener 300 obreros. Arkwright redactó el primer código de comportamiento en las fábricas, para imbuir disciplina a los obreros y conseguir así una mayor productividad para obtener beneficios. Este código fue un primer intento para racionalizar una nueva forma de trabajo con muchas dificultades técnicas, conseguir ahorro de energía e ir perfeccionando todos los procesos; en las fábricas también se generaban abundantes problemas relacionados con los obreros, ya que las máquinas eran ahora las que determinaban las labores a realizar. Se originaron nuevas teorías sobre las técnicas de organización del trabajo, como la enunciada por Babbage, que no consideraba la máquina aislada sino la fábrica en su conjunto y pensaba que la retribución del trabajo debía estar en función de lo producido por el obrero. Poco a poco se fueron estableciendo sistemas organizados dentro de las industrias para conseguir que el trabajo fuera más eficaz y se organizaron redes para la distribución y comercialización de los productos.
Pero este proceso fue lento, durante muchos años paralelamente a la instalación de las fábricas subsistieron los talleres familiares donde se trabajaba a tiempo parcial, con mano de obra barata, casi siempre femenina, para completar la producción de las grandes industrias. A la vez servía en los hogares para contribuir a los ingresos de los cabezas de familia. Estos talleres se mantuvieron en Inglaterra hasta mediados del siglo XIX.
Los grandes talleres artesanales con obreros especializados también continuaron trabajando hasta la plena mecanización de las fábricas a mediados del siglo XIX; algunos de sus obreros, los que no se adaptaban a las nuevas condiciones fabriles, fueron los que más se enfrentaron, con levantamientos organizados, a esta mecanización que les arrebataba su trabajo.
"La invención y el uso de la máquina de cardar lana, que tiene como consecuencia reducir la mano de obra de la forma más inquietante produce (en los artesanos) el temor serio y justificado de convertirse, ellos y sus familias, en una pesada carga para el estado. Constatan que una sola máquina, manejada por un adulto y mantenida por cinco o seis niños realiza tanto trabajo como treinta hombres trabajando a mano según el método antiguo… La introducción de dicha máquina tendrá como efecto casi inmediato privar de sus medios de vida a gran parte de los artesanos. Todos los negocios serán acaparados por unos pocos empresarios poderosos y ricos… Las máquinas cuyo uso los peticionarios lamentan se multiplican rápidamente por todo el reino y hacen sentir ya con crueldad sus efectos: muchos de nosotros estamos ya sin trabajo y sin pan" (fragmento diario de la Cámara de los Comunes, Gran Bretaña, 1794).
Las transformaciones tecnológicas y la organización del trabajo iniciada en el siglo XVIII no produjeron sus frutos en la economía de forma global hasta la segunda década del siglo XIX; poco a poco se fueron creando nuevas industrias, sustituyendo métodos de trabajo y reorganizando antiguas formas de producción. En Gran Bretaña, pionera de la revolución industrial, este proceso se inició unos años antes, a principios de siglo.

7. La revolución de los transportes
Hasta el siglo XIX no llegarían a aplicarse las nuevas tecnologías a los transportes y también fue Gran Bretaña el país donde se iniciaron las innovaciones en este sector. Durante el siglo XVIII se perfeccionaron los transportes por barco con la invención de nuevos instrumentos de navegación, como el cronómetro, y la mejora de los canales.
Gran Bretaña contaba con un importante sistema fluvial con caudalosos ríos navegables, especialmente útil para el traslado de carbón y otros materiales pesados. Las grandes obras para mejorar el sistema fluvial inglés se iniciaron en 1761; uno de los primeros promotores fue Egerton, tercer duque de Bridgewater, que construyó un canal para unir sus minas de carbón situadas en Worsley con Manchester. En 1815, la red de canales tenía ya unos 3.500 kilómetros y cruzaba el país en todas las direcciones. A finales de siglo, en 1894 se construyó el canal de Manchester para que los buques transoceánicos pudieran entrar en el puerto de la ciudad. También se mejoró en esta etapa la red de más de 3.000 kilómetros de ríos navegables. Por tierra se renovaron los caminos, se construyeron posadas y mesones a lo largo de las distintas vías y se utilizó también el tren, inicialmente arrastrado por tracción animal.
La revolución en los transportes se produce con la aplicación de la máquina de vapor al ferrocarril y a los barcos, primero para el traslado de mercancías y más tarde para el desplazamiento humano. Se inició en 1825 cuando Stephenson construyó una locomotora impulsada por vapor, logró que se moviera sobre raíles y utilizó la primera línea de ferrocarril para llevar carbón entre Stockton y Darlington, después de muchos años de intentos que no habían dado resultados. En 1830 se inauguró la línea regular de pasajeros Liverpool-Manchester. Quince años después, en 1845, la línea Londres-Birmingham, abierta desde 1838, había sido utilizada ya por más de un millón de pasajeros. En 1856, ya en la segunda revolución industrial el convertidor de Bessemer para la producción de acero fue fundamental en este proceso; a partir de entonces el acero se utilizó para la elaboración de locomotoras, raíles, cascos de los barcos y toda clase de utensilios y máquinas, impulsando definitivamente la industria metalúrgica. La construcción del ferrocarril constituyó el invento más importante de su época y supuso un gran estímulo para todas las actividades económicas, el comercio y las inversiones de capital en las que se emplearon grandes fortunas, e impulsaron la demanda de materiales como el hierro, el acero, el carbón o la madera. Supuso un avance fundamental para el desarrollo de nuevas técnicas financieras y normativas legales capaces de asegurar la movilización de capitales, y para las construcciones de obras públicas como viaductos, puentes, etc. En 1830, Estados Unidos, Bélgica y Alemania inauguraron sus primeras líneas férreas; unos años más tarde, lo harían España y Francia; hacia 1840 había en Gran Bretaña 300.000 personas trabajando en la construcción de ferrocarriles.
Las consecuencias de la utilización del ferrocarril fueron de gran importancia al abaratar el traslado de mercancías, productos agrarios y ganado, facilitando la especialización de cultivos para la exportación y dando salida a los excedentes. Permitió la importación de toda clase de artículos desde lugares lejanos en un tiempo muy reducido, acercando los centros productores a los consumidores; dio lugar a la articulación de los mercados nacionales e internacionales, la especialización geográfica de la producción, la apertura de vastas regiones al comercio y la posibilidad de multiplicar los intercambios. En el terreno militar facilitó el transporte rápido de tropas y pertrechos y desde el punto de vista social promovió la movilidad de las personas.
"Los vagones eran arrastrados inicialmente por tiros de caballos y, posteriormente, se les sumaron máquinas, pero esos motores eran tan pesados y tan poco perfeccionados que apenas si producían el vapor suficiente para proporcionar una velocidad de 4 a 5 millas por hora. De haber sido inevitable, semejante lentitud hubiese limitado de forma considerable a la utilidad del ferrocarril… Fue en 1830, con la inauguración del tramo de ferrocarril de Manchester a Liverpool, cuando se adaptaron por primera vez las nuevas calderas a las locomotoras. Desde el primer momento alcanzaron una velocidad que rebasaba con creces todo lo que anteriormente había sido considerado posible… A partir de ese momento, el servicio cobró un auge maravilloso: ya no fueron utilizados únicamente para el transporte de mercancías. El nuevo sistema de propulsión duplicaba su utilidad, y la rapidez del desplazamiento pronto atrajo un número de viajeros que superaba considerablemente todos los cálculos que se habían tratado de establecer acerca del incremento probable que experimentaría el tráfico (Seguin, De la influencia de los ferrocarriles y el arte para trazar y construirlos).
En el transporte marítimo y fluvial, los nuevos barcos tuvieron una mayor facilidad para adaptar las máquinas de vapor que los ferrocarriles. Los primeros vapores se utilizaron para el transporte interior por canales y ríos, luego por las líneas costeras y transoceánicas. Después, la utilización de máquinas de vapor en los barcos se impuso de forma definitiva hacia 1880; los nuevos barcos compitieron aún mucho tiempo con los clippers, barcos de vela que alcanzaban elevadas velocidades en navegación de altura que sobrevivieron hasta las primeras décadas del siglo XX. La revolución en los transportes y en las comunicaciones multiplicó los intercambios e hizo posible la unificación del mundo.


8. La nueva cultura política
"…el sistema fabril transformó el equilibrio del poder político dentro de las naciones, entre las naciones y entre las civilizaciones; revolucionó el orden social; y cambió el modo de pensar del hombre en igual modo que su forma de hacer las cosas…
Ahora, por primera vez en la historia, tanto la economía como el conocimiento estaban progresando con la suficiente rapidez como para generar un flujo continuo de inversión y de innovación tecnológica" (Landes, La riqueza y la pobreza de las naciones).
El análisis expresado por Landes en este documento ha sido acusado tanto de monocausal como de eurocéntrico. Sin embargo, no cabe duda que la revolución industrial produjo en el mundo occidental, en un período de tiempo relativamente corto, un cambio en las condiciones materiales de vida de todas las personas como no se había experimentado nunca anteriormente. Podemos decir que por primera vez se vio vitalmente afectada toda la sociedad. En momentos anteriores ya habían ocurrido cambios muy importantes tanto filosóficos (racionalismo), como científicos (leyes de la dinámica celeste), pero su efecto social era muy limitado, habían influido en un número de personas muy reducido, aquella élite capaz de asimilarlos. Aunque básicos para la propia revolución industrial, no habían impregnado aun masivamente a todo el tejido social.
Igualmente fue la fábrica la que dio lugar a la aparición del "conflicto de clases" con dos protagonistas destacados, por una parte la enriquecida burguesía y por otra el proletariado, producto de la masiva migración del campo a las ciudades y de la división del trabajo.
La magnitud de los efectos sobre la sociedad de su tiempo dio lugar a una profunda reflexión intelectual, que podemos encuadrar en dos vertientes. De una parte aparece la cuestión social y el conflicto de clases. Como anteriormente hemos visto, la revolución industrial acarreó un incremento de la producción que, superando al crecimiento demográfico, permitió un importante crecimiento de la renta per cápita y también una mayor distribución de la riqueza, la burguesía frente a los terratenientes. Junto a ello, las masivas migraciones produjeron una concentración obrera alrededor del lugar de trabajo, el hacinamiento de viviendas en los barrios obreros en torno a las fábricas y duras condiciones del trabajo, incluso para mujeres y niños. Todo ello magnificó la percepción de las desigualdades y desembocó en el conflicto social de las dos clases emergentes, burguesía y proletariado.
De otra parte el éxito material alcanzado se atribuyó al progreso científico y más concretamente al empirismo del "método científico" basado en la observación de los hechos. Se pensaba que la aplicación del empirismo a las relaciones humanas, podía dar lugar al descubrimiento de las leyes que rigen el comportamiento social de las personas, y al desarrollo de las técnicas para modificar este comportamiento en beneficio de los individuos. Sería posible reordenar científicamente la sociedad, convulsionada por las revoluciones políticas y económicas precedentes, y remediar los males que la aquejaban.

Nacimiento de la idea social
La revolución industrial dio lugar a una sociedad más ágil, permeable y compleja que la existente hasta entonces. El cambio esencial que se produjo fue la sustitución de la estructura estamental del Antiguo Régimen (en la que los individuos adquirían un estatus por su nacimiento) por la clasista (en que el estatus estaba determinada por los bienes materiales). Las clases privilegiadas en el Antiguo Régimen (nobleza y clero) disfrutaban de exenciones fiscales y estaban liberados de otras servidumbres, mientras que los pertenecientes al tercer estado o pueblo llano debían pagar impuestos para sustentar a los otros dos estamentos. Además, estaban sujetos a una serie de normas que les impedían comerciar libremente, contratar o ascender a otro estamento. En la nueva sociedad, de acuerdo con los principios del liberalismo, la ley debía ser igual para todos y ningún puesto o función debía ser monopolio de un grupo social; también se contemplaba la libertad económica, con la desaparición de las normas que limitaban la posibilidad de producir bienes y comerciar con ellos.
Como es lógico las diferencias económicas subsistieron, mientras que la riqueza y las posibilidades de hacer buenas inversiones y negocios continuaba estando en un número reducido de personas, la gran mayoría tenía que trabajar por cuenta ajena para subsistir. Pero estas diferencias, en todo caso, permitían el progreso sin las cortapisas existentes en la sociedad estamental, de forma que la valía del individuo podía prevalecer a la hora de ascender puestos. Aunque los nobles continuaron a la cabeza de esa nueva sociedad de clases, la burguesía desempeñó importantes cargos políticos, se enriqueció gracias a los negocios y pudo incluso ostentar títulos nobiliarios.
El capitalismo, que se basaba en la propiedad privada de los medios de producción, fue el sistema económico del liberalismo, fundamentado en unos principios doctrinales propios que servían para dar respuesta a las necesidades planteadas en esos momentos. Como ya hemos visto, tuvo como consecuencia la aparición del proletariado y el aumento de poder de la burguesía. Para la construcción de fábricas y adquisición de maquinaria los empresarios necesitaban acumular capitales y para conquistar mercado era preciso abaratar la producción en una etapa de gran competitividad. Las empresas encontraban con facilidad abundancia de obreros en paro, a los que podían pagar salarios muy bajos; se daban numerosas situaciones de abuso, ya que estos salarios no sólo eran insuficientes, sino que además no estaban regulados y podían variarse según las necesidades del que contrataba.
Las mujeres y los niños debían trabajar también, pese a las malas condiciones laborales, para completar las necesidades de la familia. Los trabajadores más desarraigados eran los que venían del medio rural y se encontraban en un ambiente desconocido sin posibilidades de encontrar ayuda. Pero las ciudades industriales no eran peores que las míseras aldeas, ni las condiciones del obrero industrial se diferenciaban mucho, en lo que a calidad de vida se refiere, de las del campesino pobre.
Hasta que se inició la industrialización la mayor parte de la población trabajaba en la agricultura y vivía en comunidades rurales de reducido tamaño. Las ciudades eran centros administrativos y comerciales relativamente pequeños. La creación de industrias en las ciudades y la emigración dio lugar a un mayor poblamiento de los núcleos urbanos, con barrios cercanos a los centros industriales, en los que se levantaron edificios sin ningún tipo de planificación en lugares contaminados por el humo de las fábricas, carentes de alcantarillado y agua corriente. En estas precarias casuchas era habitual que toda una familia viviera hacinada en una sola habitación. El trabajo en las fábricas era monótono, con jornadas interminables que llegaban hasta las catorce horas, en algunos trabajos se manipulaban sustancias peligrosas para la salud, como el fósforo, que producía malformaciones óseas y en la minería eran corrientes los accidentes mortales.
Estas situaciones precarias fueron analizadas por los socialistas "utópicos", o primeros teóricos del socialismo, críticos con el sistema capitalista, que ponían de manifiesto las grandes desigualdades sociales y ofrecían alternativas o proyectos tomando como base las ideas ilustradas; estaban en contra del liberalismo económico, del capitalismo y defendían un mundo más justo y solidario. Los representantes más destacados de este movimiento fueron:
Owen, nacido en Newtown, Montgomery (Inglaterra), trabajó como socio en una fábrica de hilado de Manchester; en 1801 se hizo cargo de un negocio de algodón de su suegro que administró con eficacia consiguiendo una discreta fortuna; fundó una escuela, con la que alcanzó un relativo éxito, en la no se administraba ningún tipo de castigo ni recompensa; esta actividad le animó a idear un sistema de educación para renovar la sociedad; en 1812 publicó una obra titulada Una nueva visión de la sociedad en la que proclamaba la igualdad absoluta de derechos y la abolición de toda superioridad, tanto económica como intelectual y mostraba su preocupación por la vida de los obreros. En su fábrica de tejidos de New Lanark (Escocia), fundó una colonia de propiedad colectiva con viviendas para los obreros y escuelas para sus hijos; en la fábrica las jornadas laborales eran más reducidas que en las otras industrias y se vivía en un ambiente libre de prejuicios religiosos, pero este ensayo no triunfó; en 1823 Owen se trasladó a Estados Unidos y fundó en Indiana una colonia con características parecidas a las de su anterior industria, que llamó New Harmony, que pronto tuvo que clausurar, al llenarse de aventureros y vagabundos. En 1827 volvió a Inglaterra, siguió promocionando el socialismo y ensayó otras dos nuevas experiencias comunitarias sin éxito. En 1848, arruinado por la quiebra de su último proyecto, publicó su obra Libro del nuevo mundo moral, siguiendo el ideario socialista-comunista. Al estallar la revolución de 1848 en Francia, intentó que el nuevo gobierno francés de la segunda república adoptara su ideario, pero no lo consiguió, muriendo en 1858 en Newtown, su ciudad natal.
El noble francés de Rouvroy, duque de Saint-Simon, escritor político, teórico del socialismo y positivista, nacido en París, también se preocupó durante toda su vida por denunciar en sus escritos las injusticias sociales que veía a su alrededor; participó en la guerra de independencia de las colonias norteamericanas y durante la revolución francesa renunció a su título y se hizo republicano. En 1794, después de pasar una temporada en la cárcel, pretendió mover las conciencias de capitalistas para crear un banco destinado a "trabajos útiles para la comunidad"; más tarde, sumido en la miseria, intentó propagar su doctrina fundamentada en un socialismo moderno. Escritor muy prolífico, fundó varios periódicos, el más importante llamado L'Organisateur, en el que publicó sus famosas Parábolas de Saint-Simon, por las que de nuevo fue encarcelado. Entre sus obras más importantes están El sistema industrial y El catecismo de los industriales. Murió en 1825 en la mayor de las miserias.
Seguidor de las ideas de Saint-Simon, fue Leroux. Nacido en Bercy, en el seno de una familia humilde, que a pesar de sus escasas posibilidades le proporcionó una buena formación secundaria. Para ayudar a su familia, cuando falleció su padre, empezó a trabajar como tipógrafo en una imprenta, donde pronto pasó a ser corrector. Más tarde inició su actividad como escritor publicando artículos filosóficos en el periódico Le Globe, del que llegó a ser el principal redactor. Liberal y antimonárquico, entró en la masonería y en la sociedad de los carbonarios. Pronto simpatizaría con las ideas de los "sansimonianos", y con ellos convertiría el periódico Le Globe en portavoz de sus doctrinas. Posteriormente, entre 1836 y 1843 publicó la Encyclopédie Nouvelle, y la Revue Indépendante entre 1841 y 1848, donde expondría sus ideas sobre un deísmo nacional que reemplazara a la religión cristiana. Fue diputado de la Asamblea Constituyente y de la Asamblea Nacional en 1849. Creador del término "socialismo", luchó por los derechos de los trabajadores. Murió en París en 1871 después de una prolífica carrera como escritor y político.
Fourier, nacido en Besançon (Francia), fue inventor de un sistema con el que pretendía encauzar las pasiones humanas hacia un fin útil para la comunidad; proyectó una sociedad ideal llamada falansterio, habitado por unos dos mil individuos, en la que cada uno debía realizar el trabajo que deseara, procurando siempre que éste fuera agradable para obtener el bienestar universal. Los trabajadores debían agruparse en capital, trabajo y talento, la propiedad sería colectiva, con un reparto equitativo de beneficios. Publicó estas ideas en Lyon, en 1808, en una obra titulada Teoría de los cuatro movimientos. Sus discípulos pusieron varias veces en práctica estos planes para redimir a la sociedad, fracasando siempre. Murió en 1837 en París.
Blanc, nació en Madrid, donde estaba destinado su padre inspector de hacienda del rey José I, en plena guerra de la independencia. Terminada la contienda, la familia Blanc volvió a Francia y entró en el colegio de Rodez. Desde muy joven publicó artículos sobre política, poesía y se interesó por la historia. En 1834 colaboraba en revistas de vanguardia como la Nouvelle Minerve y la Revue Républicaine. Poco después fundó la Revue du Pregresse Politique, donde expuso sus ideas sobre la organización del trabajo, achacando la miseria social al individualismo y pidiendo solidaridad. En 1848 fue miembro del gobierno provisional revolucionario: entre otras medidas pidió la supresión de la pena de muerte y fundó "talleres sociales", mantenidos por el estado, sin la participación de inversores, para emplear a los parados. La fuerte oposición de la burguesía supuso el cierre de dichos talleres, y el levantamiento de los obreros ante esa medida fue reprimido con gran dureza. Blanc tuvo que huir a Inglaterra, donde vivió durante veintidós años. Desde su exilio publicó numerosas obras, y fundó un periódico, Le Nouveau Monde. Volvió a Francia después del derrocamiento del segundo imperio y fue miembro de la Asamblea Nacional. Combatió en la comuna de París, desarrollando siempre su actividad política en la extrema izquierda. Murió en Cannes el 6 de diciembre de 1822.
Blanqui nació en Puget-Théniers, Alpes Marítimos (Francia). Estudió derecho y medicina en París y tuvo que ganarse la vida como preceptor hasta que se sintió atraído por la política y se afilió a una sociedad secreta, pasando muchas etapas de su vida en la cárcel por sus actividades revolucionarias. Organizó el movimiento estudiantil en París, estuvo siempre en contra de la monarquía y fue un destacado teórico del socialismo utópico. Sus obras ejercieron con una gran influencia durante el siglo XIX. Sus continuas actividades revolucionarias, su activo liderazgo fueron la base de la corriente revolucionaria denominada blanquismo. En 1848 conspiró activamente durante el reinado de Luis Felipe, fundó el Club Central Republicano y amenazó continuamente al gobierno provisional. De nuevo en la cárcel por revolucionario, no logró la libertad hasta 1859 gracias a una amnistía. Fundó el periódico La Patrie en Danger, que deja pronto de publicarse por falta de medios; en 1870 participó activamente en la comuna de París, durante unas horas fue miembro del Comité de Salvación Pública, ordenó el arresto del gobierno de la Defensa Nacional y trató de incautar la Prefectura de Policía. Fracasó y fue de nuevo arrestado. En 1871 fue elegido miembro de la comuna, pero fue hecho prisionero en Versalles y condenado a muerte. Más tarde se le conmutó la pena y fue desterrado a una fortaleza de por vida. En 1872 publica la obra La eternidad a través de los astros, y fundó un nuevo periódico, Ni Dieu ni Maître, de muy corta vida por falta de fondos. Murió en 1881 en el destierro.
Cabet, nacido en Dijon, estudió la carrera de abogado, que ejerció unos años sin gran brillantez. En 1830 fue nombrado procurador general de Córcega, pero sus ideas avanzadas provocaron pronto su revocación. Participó en la revolución de 1830, se instaló en París, fue elegido diputado por Dijon y colaboró en el diario ultra Le Populaire, donde publicó panfletos incendiarios. Fue miembro de la sociedad secreta de los carbonarios, socialista utópico y en su novela Viaje a Icaria, publicada en 1842, trató de demostrar la superioridad del socialismo sobre el capitalismo. En 1847 obtuvo una concesión de tierras en Texas para instalar una sociedad ideal con un grupo de discípulos que cedieron sus bienes a favor de la comunidad. En 1848, después de la revolución en la que no participó se instaló en Texas, pero en su colonia ideal no había más que peleas y discordia y se trasladó a Illinois con unos pocos discípulos. En 1850 fueron expulsados por los mormones, pero no pudo volver a Francia, donde había sido condenado a dos años de prisión en rebeldía y pidió la ciudadanía norteamericana. En 1854, después de pasar algún tiempo en Francia, volvió a Illinois para disolver su sociedad, y allí falleció en 1856.

El positivismo
En su sentido más amplio se entiende por positivismo toda corriente filosófica que proclama que sólo el conocimiento basado en la observación y evaluación de los datos empíricos es sólido y fiable. Se contrapone al idealismo y excluye como fuente de conocimiento las especulaciones metafísicas y las ideas apriorísticas.
En un sentido más restringido, que es el que aquí nos ocupa, se aplica a la filosofía derivada del pensamiento de Comte, que dio origen y nombre a la ciencia de la sociología. Comte, hijo de un funcionario del fisco, nació en Montpellier, Francia, en el seno de una familia profundamente católica y lealmente monárquica, pero los aires republicanos y el escepticismo que dominaban la vida francesa hicieron que desde muy temprano, a la edad de catorce años, abandonara deliberadamente estos orígenes ideológicos. Con dieciséis años ingresó en la École Polytechnique, donde se impartía una sólida formación en matemáticas, ciencia e ingeniería. Por su carácter indisciplinado fue expulsado dos años más tarde de la institución en la que todas las horas del día debían ajustarse estrictamente a rígidos horarios; pero ya por entonces los conocimientos adquiridos le han dado el impulso para concebir la necesidad y creer en la posibilidad de extender los métodos científicos de la física al estudio y mejora de las relaciones sociales. La creación de una nueva ciencia a la que dio inicialmente el nombre de "física social" y luego el de sociología pasó a ser la misión de su vida. Su carácter dogmático le llevó a concebir el positivismo como una religión oficiada por los científicos y de la que él mismo sería el sumo sacerdote. En 1817, sustituyendo al historiador Thierry, entró a colaborar como secretario con Saint-Simon durante siete años. Tras romper con él, por pensar que se había apropiado de sus ideas y no le había dado el crédito merecido por sus contribuciones a sus escritos, comenzó una andadura en solitario. Murió en París a los 59 años.
En su libro Curso de filosofía positiva estableció las bases de su doctrina con su aserto de que tanto la humanidad en su conjunto como el individuo en su desarrollo personal pasaban por tres etapas o estadios de desarrollo y conocimiento. En el primero, estadio teológico o mágico, el hombre busca la explicación de los fenómenos de la naturaleza en poderes sobrenaturales o divinos. No importa que el enfoque sea mono o politeísta, en definitiva se trata de que la voluntad de seres sobrenaturales determina la ocurrencia de los fenómenos que el hombre observa. El segundo estadio es el metafísico; lo teológico sobrenatural es despersonalizado y reemplazado por cualidades abstractas radicadas en las cosas mismas. Son las esencias, fuerzas vitales y otros tipos de cualidades ocultas las que explican su naturaleza y determinan su comportamiento, lo que no resulta de ninguna utilidad. Solamente la tercera etapa, la científica o positiva, permite al hombre "observar-prever-actuar". No importa saber lo que las cosas son sino cómo ocurren. La tarea de las ciencias es la de observar las regularidades de los fenómenos naturales y de ellas derivar las leyes generales que los rigen. De esta forma se podrá controlar la naturaleza e incluso la sociedad, asegurando el orden social. Junto a la "ley de los tres estadios", Comte presentó la idea de que las ciencias están ordenadas jerárquicamente formando una pirámide de seis niveles. Las ciencias que se encuentran en cada nivel requieren y presuponen el suficiente desarrollo de todas las demás ciencias en las que se apoyan. El nivel inferior lo constituyen las matemáticas, ciencia que tratando los aspectos más abstractos del conocimiento no necesita para su desarrollo de ninguna otra. En los niveles sucesivos nos vamos encontrando a la astronomía, física, química y biología (que para él incluye a la psicología). El vértice de la pirámide está constituido por la sociología, la última y la más grande de todas las ciencias a las cuales integra y sintetiza en un todo cohesionado. Esta ciencia de la sociedad es la última en aparecer por ser la que trata los fenómenos más complejos y por consiguiente necesita el desarrollo previo de las demás cuyas conclusiones utiliza.
Dentro del positivismo del siglo XIX podemos citar junto a Comte, al filósofo, político y economista británico Mill y a Spencer, que gozó de una enorme popularidad en Gran Bretaña y en Estados Unidos hasta el punto de que su obra más famosa, Estudio de sociología, llegó a publicarse en la prensa por entregas. Frente al intervencionismo social propugnado por Comte, derivado de su concepción religiosa de la nueva ciencia, los representantes británicos antes citados, grandes admiradores de Smith, defendían que el progreso se alimentaba del esfuerzo individual y propugnaban las ideas económicas del liberalismo.

Florentina Vidal Galache
en Ángeles Lario (coord.)
Historia contemporánea universal
Alianza Editorial

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