jueves, 6 de agosto de 2020

El destino de los pilotos que lanzaron la bomba sobre Hiroshima: de no sentir remordimiento a la locura y la muerte solitaria

A las 8.15 del 6 de agosto de 1945 se lanzó la bomba atómica. Fue el último minuto de una era y la muerte instantánea de 100 mil personas. Los aviadores que cumplieron la misión vivieron la carga de haber sido parte del horror de maneras muy diferentes.

*

El pastor de la Iglesia Luterana de la Esperanza tenía grado militar. Era el capitán William Downey. Todo estaba oscuro. Había pasado una hora desde la medianoche. El 6 de agosto recién empezaba pero la pista estaba iluminada y repleta de aviones y personal. Sin embargo en ese momento, el silencio se imponía. Sólo se escuchaba la voz del religioso.

"Padre Todopoderoso que escuchas las súplicas de los que te aman: te rogamos que ayudes a quienes desafiarán la altura de tus cielos y llevarán el combate a tierras enemigas. Ármalos con tu poder, para que puedan poner rápido fin a la guerra y para que conozcamos nuevamente la paz… Amén".

Esa fue su plegaria. Luego de la oración, sólo restaba el despegue para dar inicio a la operación. Los hombres se santiguaron, se pusieron sus cascos y subieron a sus naves. Debían partir hacia su objetivo.

En la madrugada del 6 de agosto, un avión sobrevoló el cielo de Hiroshima. Sonó, como casi todas las madrugadas del último mes, la alarma antiaérea. Nadie se preocupó en demasía. Era un B-san (Señor B), como los japoneses llamaban a los B-29. Sólo uno. Pero ese B-29 no era uno más. Era el Straight Flush comandado por Claude Eatherly, integrante del Grupo de Operaciones 509. Eatherly debía hacer la ruta que sólo una hora después haría el Enola Gay y comprobar las condiciones meteorológicas. Desde el cielo, la ciudad se veía con prístina claridad. Eso informó Eatherly.

El Enola Gay continuó su marcha con confiada tranquilidad. Little Boy (el nombre con el que habían apodado a la bomba atómica) esperaba ser lanzada. Una hora después el Enola Gay ya sobrevolaba Hiroshima. Eran las 8.15 del 6 de agosto de 1945.

El último minuto de una era. Sesenta segundos después comenzaba la era atómica.

Con la muerte instantánea de más de cien mil personas.

Parte de la tripulación del avión B-29 Enola Gay, comandado por el coronel Paul Tibbets, quien lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima a las 8.15 del 6 de agosto de 1945

Pocos días antes, el USS Indianapolis había dejado los componentes vitales de la bomba en Tinian. Sólo faltaba la orden oficial para iniciar la operación. La decisión dependía de Harry Truman, el reciente presidente de los Estados Unidos. Truman debía decidir si utilizar ese arma, de un poder destructor inédito. La paradoja es que pocos meses antes, hasta asumir la presidencia por la muerte de Franklin Roosevelt, él ni siquiera sabía de su existencia.

El Grupo de Operaciones 509 era el encargado de la misión. Se había conformado pocos meses antes en Utah y recién a comienzos de mayo de 1945 fueron trasladados a la base de Tinian. Habían elegido a los mejores pilotos de su generación. No había margen de error. Se necesitaba experiencia, habilidad, coraje y templanza.

El avión que lanzaría la bomba adquirió su nombre un día antes del bombardeo. "Me acordé de mi madre, una pelirroja valiente, que siempre me había apoyado y que soportó que abandonara medicina para ser piloto de guerra", declaró Paul Tibbets cuando le preguntaron por qué el avión se llamaba Enola Gay. Ese era el nombre de su madre (aunque lo acortó: Enola Gay Hazard Tibbets no entraba). Antes del despegue, alguien pintó las dos palabras en el fuselaje.

La misión la integraban varios aviones entre escoltas y meteorológicos. La nave principal era el Enola Gay. Capitaneada por Tibbets contaba además con otros once tripulantes. La misión duró, entre el despegue del primer avión y la vuelta a la base del último, unas doce horas. Doce horas en las que el mundo cambió definitivamente.

El director general del Proyecto Manhattan, el general George Groves pidió que todo el operativo quedara registrado. Así a pesar de que no era la costumbre, la salida de los aviones fue iluminada por reflectores para que las cámaras pudieran tomarla. Uno de los aviones del contingente era el encargado de filmar y fotografiar lo que después conoceríamos como el hongo atómico.

El avión Straight Flush con su piloto Claude Eatherly llegó a Hiroshima una hora antes que el resto. Su misión era determinar la visibilidad y si las condiciones climáticas eran las adecuadas (por ejemplo, tres días después por la labor del avión encargado de esa tarea y por las nubes que informó se cambió el objetivo y Fat Boy en vez de destruir la ciudad de Kokura, objetivo original, cayó sobre Nagasaki). Eatherly informó que la misión podía proseguir sin problemas.

Durante el vuelo se terminó de ensamblar la bomba. Fue un procedimiento que se diseñó para evitar riesgos innecesarios en el despegue. A las 8.15 se abrió la compuerta automática creada especialmente para la ocasión, y Little Boy se desprendió desde el cielo.

El Enola Gay se alejó del lugar a toda velocidad. Hasta la explosión pasaron 48 segundos. El cimbronazo estremeció al avión. Debajo, en la ciudad, la muerte instantánea.

El sacudón del avión los asustó por unos segundos, pero luego lo entendieron como el éxito de su misión. Paul Tibbets contó que el ruido que escucharon fue como si estuvieran envueltos en cilindros de latón y alguien golpeara insistentemente con un martillo sobre la chapa.

Lo que vieron, escucharon y sintieron en esos segundos no se comparaba con nada que hubieran vivido antes. El copiloto Robert Lewis, que había aspirado a comandar la misión, dijo entre dientes: "Dios mío ¿Qué hicimos?". Después contó: "Ahí abajo había una ciudad y de pronto no estuvo más. Fue como si una boca gigante la hubiese aspirado en un segundo".

El regreso fue triunfal. En la base todos festejaban. La leyenda asume que Tibbets fue condecorado apenas puso un pie en la pista.

Paul Tibbets tuvo una larga vida. Escribió sus memorias y recibió varios honores. Nunca expresó remordimiento por su papel en el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima. Tampoco lo hicieron los demás tripulantes del Enola Gay. Para ellos fue un acto de guerra, una misión que supieron cumplir con probidad. La resistencia japonesa y las muertes que acarrearía, la entrada de los soviéticos a Japón, el efecto aleccionador para el resto de las potencias sobre el poder atómico. Cada uno, según el momento, fue eligiendo del elenco de justificaciones y argumentos el que mejor le venía. Lo cierto es que, al menos en sus apariciones públicas, el remordimiento no tuvo lugar. Sin embargo, cientos de rumores se instalaron sobre él y otros tripulantes. Suicidios, internaciones en psiquiátricos, delitos aberrantes. Pero en el caso de Tibbets y de la mayoría de sus compañeros nada de eso fue cierto.

Sin embargo, no ocurrió lo mismo con Claude Eatherly, el piloto que comandó el Straight Flush, el avión de observación. Su historia se hizo muy conocida. Sus detractores hicieron todo lo posible por desprestigiarlo. Eatherly se convirtió en un hombre de vida díscola, propenso al crimen, fuera de sus cabales. Alguien que "estaba mal desde antes". Por eso su prontuario, las internaciones psiquiátricas y, en especial, su postura en contra del uso de armas atómicas.

Hiroshima: cien mil muertes y una ciudad devastada

Claude Eatherly fue dado de baja de la Fuerza Aérea en 1947. Su descenso fue vertiginoso. Su vida después de la guerra siguió un patrón. Detenciones por delitos menores, trabajos en los que duraba muy poco, alguna internación de unos pocos días para monitorear su salud mental. Luego de esos días en el hospital, Eatherly salía, conseguía trabajo y se volvía a repetir el circuito aunque todo era mucho más rápido. Sólo se incrementaba la gravedad de los delitos cometidos y la duración de las internaciones. En el medio el divorcio, los hijos que no lo quisieron ver más, un par de fallidos intentos de suicidio. Hasta que un momento se dispuso que permaneciera de manera permanente en el Hospital Psiquiátrico de Waco.

En ese entonces su prédica antibelicista había comenzado. En muchos lugares del mundo se contaba su historia y se reproducían sus declaraciones. Había sido parte del horror y eso pesaba en su conciencia. Y se lo hacía saber al mundo. No quería que lo de Hiroshima y Nagasaki se repitiera. Se convirtió en un símbolo.

Voces oficiales en Estados Unidos y antiguos compañeros del Cuerpo 509 de Operaciones trataron de quitarle trascendencia y autoridad a su postura. Sostuvieron que se trataba de un juerguista, que su disciplina era muy deficiente (esto sería difícil de creer: era muy riguroso el ingreso al grupo exclusivo que estaba involucrado en el lanzamiento de la bomba atómica; no se hubieran arriesgado a tener en el equipo a alguien inestable), que sus problemas mentales habían empezado antes de la guerra. Paul Tibbets, en sus memorias, sostuvo que "no entiendo por qué está tan afectado. Él estuvo una hora antes que el Enola Gay, no soltó la bomba, ni siquiera vio la explosión o sus consecuencias. Cuando la dejamos caer, él ya estaba regresando a la base".

Otros hablaron de celos, de búsqueda de protagonismo, de malas decisiones posteriores que lo llevaron a ponerse en el papel de la víctima.

Sin embargo nadie puede dudar que, haya sido la bomba de Hiroshima o el cúmulo de su accionar bélico, Eatherly sufrió un daño. Vio y vivió algo insoportable. Participó de actos atroces que pesaban sobre su conciencia, que no podía dejar atrás. La guerra había arrasado también con él. Que él clamara por el desarme nuclear, por el control de esa fuerza incontrolable, era de una potencia mayor a que lo hiciera otro.

Gunther Anders, El piloto de Hiroshima

El filósofo Gunther Anders, discípulo de Heidegger y ex marido de Hannah Arendt, le escribió una carta al enterarse de su historia. Eatherly contestó. Ese dio comienzo a un largo intercambio epistolar que se extendió más de una década y que constó de más de sesenta cartas. Esa conversación, el registro de esas cartas se encuentra en El piloto de Hiroshima, un libro que publicó en español hace unos años Paidós.

Anders le escribe: "El que usted, entre otros tantos miles de millones de contemporáneos, se haya condenado a ser un símbolo, no es culpa suya, y es ciertamente horrible. Pero así es. También usted, Eatherly, es una víctima de Hiroshima" (debe reconocerse, también, que Anders mostraba una extraña propensión a las cartas públicas: unos años después tras el juicio a Eichmann, le escribió varias al hijo del criminal nazi).

Algunos sostienen que de la lectura de esas cartas se desprende con claridad que Eatherly no estaba loco; difícil dudar de la salud mental de alguien que puede articular razonamientos con tal claridad. Anders comienza dando su visión antibelicista pero enseguida se entabla una relación en la que se preocupa por la salud de Eatherly, le envía cartas al médico del piloto y le manda libros al hospital psiquiátrico en el que está internado.

"El único error de Eatherly fue arrepentirse de su participación relativamente inocente en una brutal masacre. Es posible que los métodos que siguió para despertar la conciencia de sus contemporáneos sobre el delirio de nuestra época no fueran siempre los más acertados, pero los motivos de su acción merecen la admiración de todos aquellos que todavía son capaces de albergar sentimientos humanos. Sus contemporáneos estaban dispuestos a honrarle por su participación en la masacre, pero, cuando se mostró arrepentido, arremetieron contra él, reconociendo en este arrepentimiento su propia condena" escribió Bertrand Russell, uno de los mayores luchadores por el desarme atómico durante las décadas posteriores a la guerra.

En 1985, un día antes de cumplirse el 40 aniversario de los bombardeos, se suicidó en su casa Paul Bregman. Tenía 60 años y atravesaba una profunda depresión. Sus familiares informaron que el ex piloto nunca había podido superar lo vivido en la segunda guerra y en especial el peso que cargaba en su conciencia por haber integrado la tripulación del Bockscar, el avión que lanzó la bomba atómica sobre Nagasaki el 9 de agosto de 1945.

La noticia se dispersó y se siguió repitiendo en cada aniversario. "Se suicidó el hombre que lanzó la bomba de Nagasaki" decían los titulares. Una búsqueda por Google lo comprueba. Su muerte hasta figura en las listas de efemérides más consultadas. Sin embargo, al rastrear más información sobre Bregman, el investigador se sorprende. No existen antecedentes de su participación en la misión del 9 de agosto. Se conservan algunas fotos de la tripulación formada como un viejo equipo de fútbol (dos hileras: parados y agachados) y en ninguna aparece Bregman. Un vocero de la fuerza aérea norteamericana debió aclarar la cuestión. Afirmó que Bregman era aviador, participó de la segunda guerra y hasta estuvo destinado en el Pacífico. Pero nunca participó de los bombardeos atómicos. El 9 de agosto, día de la masacre de Nagasaki, no se encontraba en Tinian sino en Guam, otra isla en la que Estados Unidos tenían base. Eso no quita que el aviador pudiera sufrir de stress post traumático.

Paul Tibbets, el piloto del Enola Gay, murió en 2007. Tenía 92 años. Fue despedido como un héroe de guerra: "No tengo nada de qué arrepentirme. Yo duermo tranquilo y profundo cada noche de mi vida", declaró poco antes.

Claude Eatherly no vivió tanto ni tan bien. Murió en 1978 por un cáncer en la garganta. Durante sus últimos años su morada fue un hospital psiquiátrico. Fue un funeral poco concurrido y sin honores.


Matías Bauso

Infobae, 4 de agosto de 2020

martes, 4 de agosto de 2020

La historia del amor prohibido entre Camila O'Gorman y el sacerdote Ladislao Gutiérrez que terminó en tragedia

Sacrificio de Camila O'Gorman y del sacerdote Gutiérrez (c. 1848)

Litografía de Rodolfo Kratzenstein

Museo Histórico Nacional (Buenos Aires)

Ella era una joven aristócrata. Él, un joven religioso. Hace 171 años fueron fusilados juntos por tener un romance en contra de la moral. Aunque ella estaba esperando un hijo de él, Rosas no tuvo piedad y ordenó la pena de muerte. Murieron juntos y se convirtieron en un ícono del amor más allá de todo.

*

La historia los ubica sentados delante de un paredón. Tienen los ojos vendados. Ella vestida de blanco, él con pantalón negro, chaleco y barba de varios días. Dos cuerpos jóvenes, un tercero en camino. Ladislao Gutiérrez tiene 23 años. Camila O'Gorman 22 y un embarazo de pocas semanas en su vientre.

Es una tarde de invierno de 1848 en la provincia de Buenos Aires. Cuando suenan los disparos de los fusiles se escucha un grito desgarrador que se cuela por las ventanas de algunos vecinos. Primero él, después ella. No será la última vez que dos personas mueran por amor, pero sí acaso la más recordada y trágica de nuestro país.

Todo comienza en 1843 cuando Camila O'Gorman, la quinta de seis hijos del matrimonio de Adolfo O'Gorman y Joaquina Ximénez Pinto, conoce a Ladislado Gutiérrez, un sacerdote proveniente de Tucumán. Ladislao (así le decían) es asignado a la parroquia a la que asisten los O'Gorman y pronto comienza a frecuentar a la familia. Él también era de clase alta: su tío era el gobernador de Tucumán (Celedonio Gutiérrez), y conocía los códigos de los adinerados. Además, había hecho el seminario junto a uno de los hermanos de Camila.

Pasados los primeros días, comenzó a tomar confesiones. Ella le hablaba de sus cosas, de sus deseos, de sus pecados. Se arrodillaba en el confesionario y, sin verlo, le decía las cosas más íntimas.

Sus voces fueron lo primero, sus voces sin verse, exactamente igual que en el minuto final de sus vidas.

Poco a poco Camila se fue enamorando secretamente. Se veían seguido en la que hoy es conocida como la Iglesia del Socorro, en Juncal y Suipacha, que por entonces era apenas una zona de quintas.

La sociedad argentina se dividía entre unitarios y federales. Los segundos, seguidores de Juan Manuel de Rosas, llevaban siempre consigo la divisa punzó, un distintivo colorado que indicaba su filiación política. Contra Rosas, Justo José de Urquiza. Contra Rosas, desde el exilio en Chile, Domingo Faustino Sarmiento, que escribía permanentes artículos críticos en el periodo El Mercurio.

Sin ir más lejos, cuando supo de la historia de amor entre una joven aristócrata de familia federal y un cura, no dejó pasar la oportunidad: "Ha llegado al extremo la horrible corrupción de costumbres bajo la tiranía espantosa del Calígula del Plata que los impíos y sacrílegos sacerdotes de Buenos Aires huyen con las niñas de la mejor sociedad, sin que el sátrapa infame adopte medida alguna contra esas mostruosas (sic) inmoralidades", publicó.

-Padre Ladislao.

-Te escucho Camila, habla.

-Me muero de amor, Padre…

-Eso no es pecado.

Nadie percibió lo que pasaba. Camila era, para su padre, una promesa de prestigio: las crónicas de la época cuentan que era hermosa, educada al mejor nivel, y que tocaba el piano y cantaba de manera celestial. Lo celestial, hasta entonces, era la forma que tomaba lo perfecto. Lo que venía de Dios solo podía conducir al paraíso… Pero no fue tanto, sin embargo.

Camila fue creciendo con Ladislao cerca y se enamoraron. Ya no era ella deseando lo prohibido sino ahora él tomándolo. Comenzaron un romance apasionado y secreto. En su cabeza tendría (quién sabe) el ejemplo de su abuela, Anita Perichon, que había tenido un escandaloso romance con el virrey Liniers, además de una vida "licenciosa" y de ser acusada de espía.

No era el mismo mundo que hoy. El amor, el verdadero, parecía ser un desliz de románticos o de locos. No eran los sentimientos (mucho menos el deseo) lo que ordenaba a una familia, sino a la inversa: la familia debía conducir el deseo.

Los planes del padre de Camila eran verla casada con un joven respetado. Fue él, Adolfo, uno de los más férreos perseguidores de la pareja cuando se supo la noticia. Solo esperó 10 días para denunciarlos ante el gobernador. Según él, era "el acto más atroz y nunca oído en el país", tal como escribió en su carta a Rosas.

-Solo puedo darte escándalo y oprobio -le dijo a su hija.

-No le temo a nada -respondió Camila.

El 12 de diciembre de 1847 fue el último día de su secreto. Se fugaron juntos y ya no hubo nada que esconder.

Ladislao pasó a llamarse Máximo Brandier y Camila se convirtió en Valentina Desan. Eran oriundos de Jujuy, según constaba en el pasaporte que consiguieron en febrero de 1848 (al parecer, denunciaron haber perdido los originales). El plan era sencillo: a caballo a través de Luján, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones, y finalmente Brasil, donde vivirían tranquilos y contraerían matrimonio.

No obstante, una vez que llegaron a Goya, en Corrientes, detuvieron su marcha. Abrieron una escuela y allí quedaron trabajando un tiempo. Pero (ya lo dice la canción) todo concluye al fin. El 16 de junio Ladislao se encontró con un sacerdote irlandés que conocía su verdadera identidad. Al día siguiente fueron apresados y, por orden del mismo Rosas, trasladados por separado a la prisión de Santos Lugares, en la Provincia de Buenos Aires.

Quedaron casi completamente incomunicados. Había una última carta que intentó jugar Camila: le escribió a su íntima amiga Manuela Rosas (hija del mismísimo Juan Manuel). "No te rindas -le respondió ella-, te voy a ayudar". Consiguió que le llevaran libros a Ladislao y que prepararan una habitación para Camila en la Casa de Ejercicios Espirituales (un convento de la ciudad de Buenos Aires). Pero esa oportunidad nunca llegó.

En una pausa en el traslado, Camila confesó no estar arrepentida. Lo suyo no era un berrinche ni un ataque al régimen. No era un bombardeo moral ni una subversión. Era una historia de amor, ni más ni menos, que databa desde bastante antes de la fuga. De esas declaraciones en San Nicolás se sabe gran parte de la historia… Y esas palabras, también, pueden haber cambiado su suerte. Al escucharlas, Rosas ordenó la inmediata ejecución de los dos.

-Si yo llegara a tener un hijo tuyo, sería una señal de que Dios no está enojado, ¿cierto?

-Sí mi niña…

-Si estuviera enojado se equivocaría.

La suerte de los dos estaba dictada. Una vez más, algo se interpuso: resultó que no eran dos sino tres. Un médico revisó a Camila y supo que estaba embarazada. Inmediatamente mandó a avisar al gobernador. Las leyes no permitían ejecutar a una mujer en ese estado. Menos lo hubiera permitido su hija, Manuela. Pero las órdenes fueron aún más estrictas: no permitir que los presos llegaran a Buenos Aires a reclamar un juicio y ejecutarlos de inmediato.

La historia, que no se conmueve con las injusticias, quiso luego que el ejecutante y la ejecutada descansaran en el mismo cementerio: los cuerpos de Camila O'Gorman y el de Juan Manuel de Rosas descansan ambos el cementerio de la Recoleta.

Encerrado, Ladislao preguntó por la suerte de Camila. "La misma que vos", le contestaron. Pidió un papel y un lápiz y le escribió su última carta: "Camila mía: acabo de saber que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra, unidos, nos uniremos en el cielo, ante Dios. Te abraza, tu Gutiérrez".

La hora final llegó el 18 de agosto de 1848, cinco años después de haberse conocido. Quién sabe a cuánto de haberse enamorado.

-A veces tengo ganas de llorar. Sería mejor que fuéramos viejos y pudiéramos recordar, y contar…

-Tú no has nacido para esconderte, tú has nacido para amar.


Fotograma de Camila, de Mª Luisa Bemberg (1984)

"Para amarte", le responde el personaje de Camila al de Ladislao. Es uno de los diálogos de la película Camila, en la que María Luisa Bemberg inmortalizó para siempre la historia de amor. Susú Pecoraro en la piel de la joven O'Gorman, Imanol Arias en la del sacerdote.

Al final, les taparon los ojos y los hicieron sentar uno al lado del otro delante del muro de fusilamiento. Primero él, después ella. Entre medio, las últimas palabras, eternas:

-Ladislao, ¿estás ahí?

-A tu lado, Camila.


Joaquín Sánchez Mariño

Infobae, 18 de agosto de 2019