domingo, 23 de febrero de 2020

El imperio romano de Oriente


Cuando Teodosio dividió el imperio romano entre sus dos hijos, en el año 395, la parte oriental correspondió a Arcadio. Este estableció su corte en Constantinopla y, a partir de ese momento, nació el imperio romano de Oriente. Constantinopla fue fundada en el mismo sitio que ocupara la antigua colonia de Bizancio, de ahí que el imperio de Oriente sea llamado también imperio bizantino.
En el año 476, cuando el hérulo Odoacro depuso al último emperador romano de Occidente, la unidad imperial quedó, teóricamente, establecida en Constantinopla. El imperio bizantino logró subsistir casi diez siglos, en manos de emperadores que lucharon, en vano, por restaurar el viejo poderío de Occidente. La influencia del helenismo, y su contacto con los pueblos orientales, le otorgaron fisonomía y características propias. Rodeado de peligros exteriores y carcomido en su interior por luchas políticas y querellas religiosas, el imperio romano de Oriente pudo sostenerse tras sus seguras fronteras naturales, con un ejército bien equipado y una eficaz organización administrativa.
En el año 527, el trono imperial fue ocupado por Justiniano. De origen humilde, fue adoptado por su tío, el emperador Justino, y educado en Constantinopla, donde recibió las influencias de la cultura helenística. Sostuvo cruentas guerras para restaurar el antiguo poderío de Roma, cuyos resultados no lograron frutos permanentes. Su esposa, la emperatriz Teodora, ejerció gran influencia en sus actos de gobierno.
Sin ser un hábil militar, Justiniano tuvo mucho éxito en sus campañas merced a las condiciones de sus generales, el eslavo Belisario y el persa Narsés. Previamente a lanzar sus legiones sobre el mundo occidental, trató de asegurar las fronteras del imperio bizantino (luchó contra los persas pero, como éstos resistieron eficazmente, prefirió comprarles la paz mediante el pago de un fuerte tributo anual).
La primera operación destinada a recuperar el imperio de Occidente la dirigió contra los vándalos, establecidos en el norte africano. En una breve campaña, Belisario logró someterlos.
De inmediato se dirigió a Italia para luchar contra los ostrogodos, los que durante varios años ofrecieron resistencia. Cerca ya de la victoria, Justiniano destituyó a Belisario. Entonces, los ostrogodos volvieron a reaccionar y fueron necesarios los esfuerzos de Narsés para poner término a la guerra, que se había prolongado durante 20 años. Italia se transformó en un virreinato o exarcado, cuya capital fue la ciudad de Rávena.
Entretanto, los bárbaros amenazaban las fronteras del norte. En el año 559, los búlgaros atravesaron el Danubio; se encontraban cerca de Constantinopla cuando las tropas bizantinas salieron a su encuentro y lograron derrotarlos.
Los éxitos militares que Justiniano obtuvo en Occidente volvieron a transformar el mar Mediterráneo en un lago romano. Pero a su muerte, ocurrida en el año 565, todo volvió a derrumbarse. A mediados del siglo VIII, Italia fue totalmente ocupada por los lombardos y luego por los francos, que acudieron a la península llamados por los papas.
Lo más perdurable del gobierno de Justiniano fue su obra legislativa. Con el objeto de reorganizar el derecho romano, mandó revisar las antiguas leyes para efectuar su ordenamiento y eliminar las contradicciones que entorpecían la labor de la justicia. El advenimiento del cristianismo había modificado las costumbres y, por lo tanto, su influencia se hacía sentir en el dictado y aplicación de las sentencias; por eso era necesario actualizar la legislación, para eliminar la oscuridad y agilizar la justicia.
En el año 529, fue publicada en doce libros, con la denominación de Código de Justiniano (o Codex Justinianus), lo que fue la abrumadora tarea de revisar y ordenar las leyes romanas. Al año siguiente, fue publicado el estudio de los grandes jurisconsultos romanos de los siglos II y III con el nombre de Digesto; al mismo tiempo que un manual para estudiantes que se llamó Institutas, que contenía los principios elementales del derecho y los aspectos sobresalientes de la legislación imperial. Las leyes dictadas con posterioridad a esta recopilación, fueron agrupadas con el nombre de Novelas (es decir, leyes nuevas).
La codificación ordenada por Justiniano permitió la resurrección del derecho romano, el que, si bien resultó en parte mutilado, recibió la influencia del cristianismo y logró subsistir hasta nuestros días.
En materia de gobierno, el emperador era la autoridad absoluta y el centro de la organización política y administrativa. En un principio, su cargo era electivo, pero en la práctica los emperadores eligieron personalmente a sus sucesores. Sin embargo, fueron escasas las veces en que el poder se transmitió por herencia, debido a los motines y luchas intestinas.
El emperador (llamado basileus, que significa rey) era al mismo tiempo el jefe de la Iglesia, por eso su autoridad era casi divina y se pretendía revestir a su persona con un carácter sagrado.
Para su mejor organización administrativa, el imperio fue dividido en provincias, a cuyo frente estaban los estrategos (especie de gobernadores políticos y militares), quienes gozaban de gran autonomía y, en más de una oportunidad, utilizaron sus tropas mercenarias para organizar revueltas y apoderarse del trono.
El pueblo demostraba gran afición al circo y al hipódromo. Los espectadores estaban divididos en dos grupos: verdes y azules, colores que no sólo distinguían los bandos deportivos, sino que eran, además, expresiones de sectarismo político y religioso.
El cristianismo fue la religión oficial del imperio bizantino, pero el absolutismo político y religioso ejercido por los emperadores embarcó a la Iglesia de Oriente en una larga serie de conflictos y controversias. En el siglo VIII, el emperador León III dispuso eliminar del culto las imágenes sagradas. Sus partidarios, llamados iconoclastas[1], se vieron envueltos en luchas con los tradicionalistas, que se opusieron a tal medida. Esta querella de las imágenes finalizó un siglo después, con el restablecimiento del culto tradicional, pero sin poder evitar un alejamiento entre la Iglesia romana y la de Oriente. Entre los siglos IX y XI, se acentuaron las divergencias entre Roma y Constantinopla en materia religiosa. Las diferencias de idioma ritual (la Iglesia romana utilizaba el latín, mientras que en la de Constantinopla el idioma utilizado era el griego), razas y costumbres, unido a la intromisión de los emperadores bizantinos, provocaron el cisma de Oriente (en el año 1053), o sea la separación definitiva de ambas Iglesias. La bizantina tomó el nombre de ortodoxa, desconoció la autoridad del papa y su jefe fue el patriarca de Constantinopla.
Durante su larga existencia, el imperio bizantino se constituyó en un foco de irradiación cultural, notablemente influido por el helenismo. Sin embargo, logró conservar el legado romano, pues respetó su derecho y estructuró una civilización esencialmente cristiana.
El arte bizantino tuvo su apogeo entre los siglos VI y XI, y su expresión más destacada la constituyen los templos monumentales. Los ricos y costosos materiales de Oriente sirvieron para efectuar lujosas decoraciones, que otorgaron a los templos bizantinos características fastuosas y excepcionales. La expresión más destacada de esta arquitectura la constituye la iglesia de Santa Sofía, edificada por orden de Justiniano. Cuando los musulmanes ocuparon la ciudad de Constantinopla (en el año 1453) fue transformada en mezquita, por lo que las imágenes y pinturas fueron cubiertas con una capa de cal.
La pintura y la escultura fueron utilizadas con fines decorativos, la figura humana no ocupó un lugar destacado y los artistas se limitaron a copiar los modelos tradicionales.
Durante más de mil años, Bizancio defendió la Europa Oriental contra los ataques de pueblos asiáticos que pugnaban por penetrar en el continente. Por otra parte, mientras Occidente estaba en manos de los bárbaros, Constantinopla se transformaba en el asilo de la civilización antigua, guardando las bibliotecas y tesoros romanos. El imperio de Oriente elaboró una cultura propia, que irradió sobre los pueblos bárbaros que lo rodeaban; así, Constantinopla fue para los árabes y eslavos lo mismo que Roma para los germanos.
Con motivo de las cruzadas, que comenzaron en el siglo XI, las relaciones entre Oriente y Occidente se hicieron más estrechas, ya que toda la cristiandad se unió para la lucha en común contra los turcos. Las distintas expediciones permitieron a los occidentales conocer mejor a los bizantinos, y no tardó en producirse un activo intercambio comercial y cultural entre Bizancio y las ciudades del Mediterráneo occidental. Antes de que Constantinopla cayera en poder de los turcos, muchos bizantinos emigraron a Roma llevando consigo valiosos aportes culturales. Este movimiento emigratorio preparó en Occidente el camino al humanismo y al Renacimiento.

[1] La voz iconoclasta refiere a quien destruye pinturas o esculturas sagradas (iconos). Esa doctrina fue sancionada como herética por un concilio convocado por Irene (madre del emperador Constantino VI) y el pontífice Adriano I.

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