viernes, 28 de febrero de 2020

El nudo y el nido


La familia, tal como se heredó del siglo XIX y mediados del XX, está en ruinas. En su lugar, otra familia está en camino: la que intenta conciliar la libertad individual con los lazos afectivos del viejo hogar.
Veamos.
Quien habla de la destrucción de la familia moderna hace, implícitamente, referencia a una edad de oro situada en el pasado. La historia de la familia es larga, no es lineal y está hecha de sucesivas rupturas.
Toda sociedad procura acondicionar la forma de la familia a sus necesidades; y se habla de decadencia para estigmatizar los cambios con los que no estamos de acuerdo.
A finales del siglo XIX, quienes señalaban esa decadencia eran los dueños del orden social y moral por temor a la emancipación de las clases dominadas (los trabajadores, las mujeres, los jóvenes). Por otro lado, por citar otro ejemplo, en el siglo pasado, más precisamente entre las dos guerras mundiales, cupo a los regímenes nazi y fascista alterar contra la degeneración, demonizando cualquier impulso de cambio.
Esto no significa que la familia, tal y como la heredamos del siglo XIX y mediados de XX, no esté, efectivamente, quebrándose en este comienzo del milenio. En la mayoría de los países industrializados (o desarrollados), es cada vez menor la gente que se casa y si lo hace, es a edad más avanzada. Más infrecuentes y más tardíos, el matrimonio es menos duradero, y los hijos de divorciados suelen representar, actualmente, un tercio de las aulas escolares.
Paralelamente, nos encontramos con un aumento de los nacimientos extraconyugales y hay un fuerte crecimiento de familias en que padre y madre son un solo individuo. Por lo general (es decir que habría que ver todos los casos), la mujer, madre soltera o divorciada, es quien asume la guarda y el cuidado de los hijos. Si a esto le sumamos que muchos niños son criados únicamente entre madres y maestras, prácticamente no ven más que rostros femeninos.
La noción de hijo natural también ha perdido, hoy en día, gran parte de su connotación peyorativa. El hijo ya no es más una finalidad básica de la pareja, incluso aunque siga siendo el objeto de una inversión afectiva reforzada. Pero es el hijo, individuo, y no tanto el descendiente, o el heredero, el que se inscribe en el núcleo de las representaciones sociales.
Por otro lado, y como si la prolongación global de la vida humana autorizase a un desplazamiento de las etapas de la existencia, la mujer de más de 40 años adquirió la opción de tener hijos, retrasando en una generación el papel de madre.
Pero ¿cuál es el tipo de familia y de cultura familiar que estamos en vías de romper? Si la familia es una realidad muy antigua (quizás tanto como la humanidad) tiene una historia que se inscribe en la larga duración demográfica, en la media duración económica e incluso en la corta duración política, modificando los acontecimientos y las intervenciones del Estado, y a veces los comportamientos familiares.
¿Cuál es el tipo de familia y de cultura familiar que estamos en vías de romper? Heterosexual, nuclear, patriarcal, monógama, la familia que heredamos del siglo XIX y mediados del XX estaba investida de una gran cantidad de misiones.
En la conjunción de lo público y de lo privado, esferas groseramente iguales a los roles de los sexos, la familia debía asegurar la gestación de la sociedad civil y de los intereses particulares, cuya buena andadura era esencial para la estabilidad del Estado y el progreso de la humanidad. En aquellos tiempos de capitalismo en gran medida familiar, aseguraba el funcionamiento económico, la composición de la mano de obra, la transmisión de los patrimonios.
Célula de reproducción, proveía niños que, por intermedio de las madres-maestras, recibían una primera socialización a través de la exploración rural o del taller artesanal, los primeros aprendices. La familia, en fin, formaba buenos ciudadanos y en una época de expansión de los nacionalismos, patriotas conscientes de los valores de sus tradiciones ancestrales.
Sobrecargada de tareas, la familia se erguía triunfal y triunfante. El Estado poco intervenía, pero se preocupaba cada vez más por ella, controlando particularmente a las familias populares, sospechosas de no cumplir bien su papel. Si la familia no actuaba como policía, entonces el Estado empleaba la suya.
Esa familia santificada, celebrada, fortalecida, era también una familia patriarcal, dominada por la figura del padre. En su seno, él era la honra, por lo que le daba su nombre, era el jefe y el gerente. El padre representaba y encarnaba al grupo familiar, cuyos intereses siempre prevalecían sobre las aspiraciones del resto de la familia. Mujer e hijos se subordinaban a él rigurosamente. La esposa estaba destinada al hogar, a los muros de la casa, a la fidelidad absoluta. Los hijos debían someter sus elecciones (amorosas y profesionales) a las necesidades familiares.
Las uniones privilegiaban las alianzas al amor, por lo que la pasión se consideraba fugaz y destructiva. Para las muchachas, vigiladas siempre de cerca, no había otro camino que el casamiento y la vida casera. Los propios trabajadores sólo reconocían a las mujeres el derecho al trabajo en función del sustento de los hijos y de las necesidades de la economía familiar.
Nudo y nido, refugio cálido, centro de intercambio afectivo y sexual, barrera contra la agresión exterior, encerrada en su territorio, la casa, protegida por el muro espeso de la vida privada que nadie podía violar; pero también secreta, exclusiva, cerrada, normativa, palco de incesantes conflictos que tejían una intriga interminable, fundamento de la literatura romántica del siglo XIX… todo esto representaba el hogar.
Las rupturas a las que asistimos hoy, son la culminación de un proceso de disociación iniciado hace ya mucho tiempo ligado, en particular, al desarrollo del individualismo moderno. Un inmenso deseo de felicidad vio la luz, esa felicidad que el revolucionario Saint-Just consideraba una idea nueva en Europa (ser uno mismo, escoger la profesión, la actividad, los amores, la vida) se apoderó de cada uno… especialmente de las clases más dominadas de la sociedad: las mujeres y los jóvenes.
Mientras los muchachos jóvenes contradecían las decisiones paternas, las jovencitas confiaban a su diario íntimo el deseo de amar y ser felices, de casarse por amor y hasta de ser independientes y de crear.
Cumplidos los 18 años, los jóvenes trabajadores ya no aceptaban enviar la totalidad del dinero que ganaban a sus padres. Preferían recorrer las calles o vivir en concubinato. Las mujeres, tal vez con aún mayor empeño, querían ser personas, ir y venir en libertad, estudiar, viajar, administrar sus bienes y con el tiempo trabajar y disponer de su salario. Ellas soñaban con el amor y preferían a veces el celibato a un matrimonio impuesto.
Entre las dos guerras mundiales, la intensa campaña en favor de la natalidad no produjo ningún efecto en la voluntad limitativa de los matrimonios, y de las mujeres. Tener un hijo cuando quiero y como quiero fue el dicho más popular del feminismo contemporáneo. La libre disposición del cuerpo, del vientre y del sexo se convirtió en una reivindicación prioritaria en el siglo XX.
Amenazada, así, por la efervescencia de los suyos, la familia tradicional sufre también los golpes de factores externos. Lo obsoleto de las técnicas y los saberes aniquila las posibilidades de transmisión, lo que hace que se produzca la ruptura de todas las formas de transmisión de capital, sea éste económico, social, simbólico o cultural. Virtualmente, no se transmite casi nada a los hijos: ni fortuna, ni profesión, ni saberes, ni creencias.
Los padres hacen un triste papel ante los nuevos medios de comunicación, como la informática, que sus hijos dominan hasta con los ojos cerrados. Sumado a esto, la desigualdad de conocimientos dejó de ser de arriba para abajo: basta con ver la cantidad de adultos que frecuentan cursos universitarios. Los padres perdieron sus roles de iniciadores del saber de lo que necesitan los hijos, lo cual altera profundamente las relaciones familiares. Estamos condenados a innovar.
Yendo más allá, la bioética interviene mucho más en la concepción y disocia a la pareja: mediante las técnicas de procreación de laboratorio, un hombre y una mujer pueden tener un hijo sin siquiera verse o conocerse.
Por lo tanto, fuerzas múltiples (como los medios de comunicación, o las nuevas tecnologías, por citar sólo dos ejemplos) tienden a dislocar la familia tradicional, como si la sociedad no la precisase, como si el Estado dudase de los límites que la esfera privada opuso al poder público y quisiera tan sólo tratar con individuos.
Tales cambios producen, de forma inmediata, costos y ventajas cuyo saldo es difícil de calcular. El costo es el aumento de la soledad moral y material que acompaña las separaciones. Cada individuo debe contar únicamente consigo mismo. ¿Pero qué joven, qué mujer querría volver al viejo modelo de familia triunfante que dicta sus órdenes e impone sus elecciones? Tal vez sólo los más débiles preferirían la seguridad de antaño a ese mar de incertidumbres. ¿Esto significa que la familia está muerta? Desde luego que no. Para empezar, de unos años a esta parte, la familia ha empezado a dar señales de estabilización.
No es la familia en sí lo que los contemporáneos rechazan, sino el modelo excesivamente rígido y normativo que asumió en el siglo XIX y comienzos del XX. Rechazan el nudo, no el nido. La casa es, y cada vez más, el centro de existencia. En un mundo duro, el hogar ofrece una protección, un abrigo, un poco de calor humano. Lo que ellos desean es conciliar las ventajas de la solidaridad familiar con las ventajas de la libertad individual. A tientas, los contemporáneos esbozan nuevos modelos de familia, que sean más igualitarias en las relaciones de edad y sexo, más flexibles en sus temporalidades y en sus componentes, menos sujetas a las reglas y más al deseo. Lo que les gustaría conservar de la familia para este tercer milenio son sus aspectos positivos: la fraternidad, la solidaridad, la ayuda mutua, los lazos de amor y afecto… Un bello sueño.

Michelle Perrot

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